Puentes

Si mis palabras logran provocarte algo, me siento profundamente conmovida. Es curioso cómo lo que otros escriben también me suscita una marea de emociones; a veces me envuelve la admiración, otras veces el cuestionamiento. Creo que quienes creamos, rara vez somos plenamente conscientes del impacto que nuestras creaciones pueden tener en el alma de quienes las reciben.

Recuerdo a un amigo muy especial de hace muchos años, un Escorpio con quien forjé un lazo a través del arte. Compartimos vivencias tan intensas que un día decidí devolverle un fragmento de todo aquello, utilizando una pata de la mesa del arte: las palabras. Le entregué un libro que había escrito. En una pagina había palabras solo para el. Títulada: Escorpión. Me alejé discretamente al otro lado de la habitación, fingiendo que no observaba, pero desde la distancia percibí el instante en que levantó la mirada. Sus ojos se encontraron con los míos, caminó hacia mí con las manos abiertas y lágrimas en su rostro. Me abrazó. Fue un momento indescriptible. El proceso creativo había sido un viaje por los paisajes de lo que vivimos juntos, y aunque mis palabras suelen ser mis cómplices, en aquel instante sentí que se habían transformado en algo tangible.

Sin embargo, en el presente, a menudo siento que mis palabras son como el viento: invisibles. Me inclino más por escuchar. Encuentro belleza en esa acción silenciosa. Escuchar me conecta, me llena, me da sentido. Creo que escuchar es un acto de amor, porque desde ese espacio de comprensión nacen los puentes que nos unen a las emociones ajenas. Y es solo al conectar con esas emociones que podemos dar a otros lo que realmente necesitan.

Todo esto tiene sus raíces en una historia de mi infancia. Quizás, desde entonces, algo en mí ya comprendía la importancia de construir puentes. Rosaura, esa niña de cabello rizado, soñadora, vivía una ternura secreta por un chico de su escuela. Ella no confiaba en sus nervios para articular lo que sentía. Así que se limitaba a observarlo desde la distancia, mientras su mente dibujaba escenas idílicas: tomándolo de la mano, sonriendo juntos. Pero aquello era solo un sueño que habitaba en los pliegues de su imaginación.

Un día, Rosaura decidió que ya no podía seguir en la sombra de sus propios pensamientos. Tomó tres hojas de un cuaderno: en una dibujó un corazón inmenso, en otra escribió una torpe pero sincera declaración de amor (su letra era un caos de líneas y curvas), y en la última añadió un simple “Para: De:” Pensó que entregarlo un viernes era ideal; así, tendría todo el fin de semana para recomponerse de lo que fuera a suceder.

El timbre de salida resonó, llenando los pasillos de voces y movimiento. Rosaura, con el corazón latiendo como un tambor desbocado, tomó la mano del chico. Mientras intentaba sacar las hojas de su bolsillo, el torbellino de niños la empujaba de un lado a otro. Sus manos temblaban, los papeles parecían atascados, y su mente era un caos. Finalmente, nerviosa halo fuerte por última vez, logró sacar las hojas y se las entregó. Lo vio marcharse entre la multitud, mientras sentía que cada fibra de su ser temblaba entre nervios y expectación.

Aún hoy, al recordar aquello, me recorre una oleada de emociones. Es fascinante cómo la memoria puede transportarnos no solo al recuerdo de un hecho, sino también a la intensidad exacta con la que lo vivimos.

Las cartas, para mí, son un puente entre almas. En esos momentos en los que las palabras se sienten atrapadas dentro de nosotros, recurrir a otras herramientas es no solo válido, sino necesario. Porque lo importante no es tanto el cómo, sino la intención detrás del mensaje.

Desde niña entendí que no encajaba con la idea de que, como mujer, debía esperar a que el otro diera el primer paso. Siempre he creído que crear puentes para conectar con los demás es un acto revolucionario, porque en un mundo que constantemente nos separa, construir vínculos es un acto de necesario.

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